llegó con el corazón en silencio y una historia guardada bajo la piel: miedos aprendidos, miradas ajenas, frases que alguna vez pesaron. Pero esa tarde, en un espacio discreto y seguro, decidió envolver sus temores en alas divinas —no para esconderse, sino para proteger lo más sagrado: su verdad. La luz la encontró con suavidad, como si supiera dónde tocar sin herir. Cada pose fue un susurro de valentía; cada respiración, un “sí” a su propio cuerpo. No vino a complacer a la crítica social: vino a recuperar su nombre, su ritmo, su deseo de existir sin permiso. Poco a poco, lo que antes era pudor se volvió presencia. Lo que antes era duda se transformó en mirada firme. Y en esa danza íntima entre sombra y luz, ella se descubrió hermosa de una manera nueva: no por encajar, sino por atreverse. Valiente, capaz, inquebrantable. Cuando por fin bajó sus alas —solo un poco— entendió algo simple y poderoso: su cuerpo no era un juicio, era un templo.