Y después pasa lo inevitable: evolucionás.

Ya no entrás a la escena preguntando si está bien. Entrás sabiendo. Tu mirada no pide aprobación; marca presencia. Tu cuerpo deja de ser un tema y se vuelve un lenguaje: firme, libre, elegante… y peligrosamente auténtico. 

No te escondés detrás de nada: te mostrás desde la calma de quien se reconoce y desde la fuerza de quien ya se eligió.

En esta segunda parte no hay disculpas ni dudas. Hay una mujer que entiende su valor, que camina con la espalda recta, que respira lento y sonríe como quien guarda un secreto: está en su mejor momento. Más valiente. Más segura. Más sensual. No por complacer a nadie, sino porque por fin se habita completa. Y cuando se mira al espejo —y se mira en las fotos— no pregunta “¿me veo bien?”… afirma:

“Así soy. Y esto apenas comienza.”

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